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miércoles, 13 de enero de 2010

La destrucción de Chan Chan y la cultura del encubrimiento

Todos hemos visto el video de los chibolos vandalizando el recinto de Chan Chan. Para quienes han estado viviendo bajo una piedra los últimos días, acá está:




Decididamente, los miembros de la Benemérita, Real y Pontificia Asociación Mayor de Historiadores de la Región Lima Metropolitana repudiamos este tipo de actos y esperamos que las autoridades les impongan la sanción máxima que la ley contempla (esperemos que contemple alguna). Sabemos que si lo intentaran con alguna huaca en Lima, inmediatamente procederíamos a embadurnarlos con brea, echarles plumas y pasearlos al revés por la Plaza de Armas. Ojalá hubiera algo así por el norte.

Tarde o temprano, sin embargo, aparecerán las personas que defenderán a estos pequeños destructores. Esto me hace recordar un incidente que viví estando en Ayacucho. Estábamos en un lugar conocido como "los baños del Inca", que era una fuente incaica que seguía funcionando. Mientras ahí estaba con algunos amigos, un niño se trepó con una piedra a la fuente y la soltó a su interior, e instantes después una de las dos salidas de agua dejó de funcionar. El niño celebró y le anunció a su madre "mira mamá, he malogrado el baño del Inca!". Nosotros, consternados pero jóvenes en ese entonces, no atinamos a hacer más que censurar vocalmente la acción del niño. "Qué decadencia, este niño ignorante acaba de malograr una fuente que estuvo funcionando por quinientos años. Cómo lo habrán criado en casa". Poco después de empezar nuestra diatriba -al volumen como para que el niño y su madre lo oyeran, obviamente- uno de los nuestros nos espetó que nos detuviéramos. Su argumento era que no se podía dañar la psique del niño por una mera huaca. Y este era hijo de un connotado antropólogo, así que imagínense.

Lo que pasa es que acá hay una cultura del encubrimiento. En esta cultura, la gente tiene la prerrogativa de cometer infracciones y el "derecho" a que sus pares los encubran. Por ejemplo, trabajando en la Universidad, una colega mencionó que tuvo que lidiar con un caso de plagio. Aparentemente el chico A había utilizado un plagio, y un chico B lo denunció. Oí con estupefacción cómo los demás colegas presentes coincidían en que, efectivamente, al chico A había que sancionarlo drásticamente, pero que quien era un "hijo de puta" quien merecía que le "saquen la mierda" era el chico B. Asombroso, realmente.

Pero a la hora de condenar el "otorongo no come otorongo", ahí sí todos en primera fila.

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